
Y dice Jordan:
Estamos bajo el punto de vista de un granjero adinerado. No es que sea rico, pero las cosas le van lo bastante bien para tener contratados varios peones de labranza que trabajan para él. El granjero mira hacia el norte y ve nubes en el horizonte, unas nubes negras y plateadas, no grises en tonalidades más o menos claras, como a las que se refiere la gente cuando ve nubes oscuras o argentadas, sino un color negro puro y plateado puro. Además, se desplazan de forma extraña; este hombre es granjero y está familiarizado con los fenómenos atmosféricos, y esas nubes se mueven con rapidez, por lo que deberían llegar sobre la granja en una o dos horas, pero… es como si no se acercaran.
Hay truenos, pero no parece que procedan de las nubes. A veces suenan en el horizonte, otras veces retumban casi encima de la granja, y en otras ocasiones se mueven también hacia atrás y hacia delante por el cielo. El granjero aparta la vista de las nubes y cuando la alza de nuevo, las tiene casi encima de él, y los truenos siguen retumbando por todo el cielo.
Entonces ve a un amigo de la ciudad que se acerca calzada adelante; es el herrero, que conduce una carreta cargada con sus pertenencias. Detrás del carro va atada una vaca lechera. También lleva gallinas metidas en jaulas, y muebles, y todo tipo de cosas. El herrero se detiene para hablar con el granjero y le dice que se aproxima una tormenta y que se marchan hacia el norte. El herrero empieza a explicarle al granjero el sitio, detrás de la herrería, donde ha enterrado el yunque, así como el lugar en que ha enterrado sus mejores herramientas, y que su esposa ha lustrado las ollas de cobre que le gustaban a la esposa del granjero, y que las tiene en la cocina, esperando que vaya a recogerlas.
El granjero le pregunta que qué pasa, y el herrero sólo contesta que se aproxima una tormenta. La esposa del herrero va también en la carreta; le entrega al granjero un cesto lleno de huevos, y le dice que son para su esposa. Se disponen a reemprender la marcha y el herrero le da un consejo a su amigo: “Tienes un fogón de forja para reparar las cosas de la granja ¿verdad? Coge la mejor guadaña que tengas y haz con ella una lanza. No uses la segunda mejor guadaña, ni la tercera mejor; ésta será el arma que utilizarás más a menudo. Si luchas contra un jinete y le ensartas con la lanza, lo desmontas del caballo. Con las guadañas que sean la segunda y la tercera mejor que tienes, forja espadas.”
El granjero le pregunta cómo se hace eso, y el herrero le dice que una espada es básicamente la hoja de una guadaña.”Coge un trozo de madera y ponlo en el extremo para que la mano no se te escurra hacia la hoja. Coge otro trozo de madera y clávalo para que sirva de empuñadura.” Después, el herrero le dice que sacrifique las vacas y las trocee; van a necesitar comida, y habrá hombres bien dispuestos a pagar por esa carne. Una tormenta se aproxima.
Mientras el herrero se aleja, su esposa sale de la casa y le pregunta qué ocurre. El granjero dice que era el herrero y que la esposa del herrero le ha dado un cesto con huevos para ella. La esposa del granjero dice que ha sido un bonito detalle y, pensando que la mujer del herrero volverá después a buscar el cesto o que mandará a alguien a recogerlo, empieza a sacar los huevos y los va poniendo en el delantal. El granjero le explica que le han dicho que se aproxima una tormenta y que se marchan al norte por alguna razón, y que el herrero ha enterrado el yunque y las herramientas, y le ha dicho dónde están enterrados, y que las ollas de cobre que le gustan, recién bruñidas, están en la cocina esperando a que ella vaya a recogerlas. Y entonces, oye un “crac, crac, crac” y se vuelve y ve que los huevos se caen del mandil de su mujer, que lo mira con fijeza, conmocionada.
El granjero va al fogón de la forja y busca su segunda mejor guadaña. Entonces se detiene y descuelga su mejor guadaña, y empieza a quitarle el mango. Llama a sus peones para que vayan allí, y les dice que empiecen a recoger las cosas, porque se van hacia el norte. Los hombres le preguntan que qué pasa, el granjero sólo dice: “Se acerca una tormenta, nos vamos al norte.” Luego empuña un martillo y se pone a golpear la guadaña para quitarle el mango; los martillazos resuenan más fuerte de lo normal, levantando ecos que no tendrían que sonar, casi como un trueno, cuando el martillo golpea en la guadaña, y le retumban dentro de la cabeza; y es casi como si oyera una voz que repite con cada martillazo: “La tormenta se acerca, la tormenta se acerca, la tormenta se acerca.”
[Muchisimas gracias a Mila, por su dedicacion y paciencia para darnos esta traduccion a pesar de lo atareada que se encuentra. A ella, mis cordiales saludos]